Capítulo III
Unos meses después de ese acontecimiento, Ernest fue hasta el taller, como todos los días y se dispuso a terminar unas vasijas que le habían encargado. Císfode había tenido que ir a entregar unas vasijas al otro lado de la ciudad, por lo que estaría fuera del taller gran parte del día.
Mientras daba la última mano de pintura, sintió una extraña sensación. Una extraña vibración le recorría todo el cuerpo. Quitó el pincel de la vasija y se quedó inmóvil tratando de determinar que era aquello que sentía. La vibración se hizo mas fuerte. De hecho las vasijas que estaban en los estantes comenzaron a vibrar. Parecía como que el movimiento provenía de la tierra. Un par de vasijas cayeron desde los estantes. Esto sobresaltó aún mas a Ernest que miraba todo como sin entender. Realmente sin entender. Pensó en un terremoto, lo cual era increíblemente raro por esas tierras. Se dirigió hasta la puerta del taller y se detuvo. Levantando polvo y al galope se acercaban cientos de caballos. Por un momento vino a su memoria el suceso en el que había perecido toda su familia. Pero esto era distinto. A los pocos segundos, en un estado de estupor, pudo distinguir que sobre los caballos venían jinetes. Eran cientos y cientos. Le llamó la atención que todos eran negros. Cuando pasaron por la puerta del taller, se echó un poco para atrás y entre el ruido, el polvo que levantaban, escuchaba los gritos de los jinetes. Pasaron cerca de mil caballos, todos negros, cuando entre el tumulto pudo distinguir un carruaje dorado tirado por veinte caballos blancos inmaculados. El carruaje parecía de oro, al igual que todos los herrajes que tenían los caballos blancos. Para su sorpresa, a medida que se acercaba el carruaje, los caballos negros que seguían pasando, fueron disminuyendo su velocidad de manera tal que el carruaje se detuvo justo frente al taller. Sorprendido, Ernest echó un vistazo hacia atrás del carruaje y este era seguido por una cantidad igual de caballos negros. Miró hacia delante y lo mismo. No tenía idea quien era el que venía en el carruaje, pero de que era una persona sumamente importante, no tenía dudas. Entre sus pensamientos, aparecía el temor ante un evento tan espectacular y la posibilidad de realizar una gran venta. La venta de su vida.
Una vez que el carruaje se detuvo, una multitud de personas descendió del mismo. Unos quince soldados armados, vestidos de negro, bajaron y aseguraron el lugar. Otras personas bajaron y barrieron la entrada del taller y desplegaron una alfombra amarilla inmaculada en el piso, en la puerta del carruaje. Ernest no salía de su asombro. Estaba inmóvil. Mirando a su alrededor sin entender que pasaba. De repente, cuatro soldados lo agarraron. Uno de cada brazo, otro desde atrás agarró su cuello y el cuarto, desenvainó su espada y la colocó sobre el cuello de Ernest. Obviamente este no intentó realizar el mas mínimo movimiento. Bajó otra persona del carruaje y comenzó a esparcir pétalos de rosa sobre la alfombra y cuando hubo terminado se inclinó con la cabeza gacha. Bajó otro individuo que en su mano tenía una sombrilla amarilla y de repente bajó un soldado vestido de negro que miró directamente a Ernest y sin moverse de la puerta del carruaje, extendió su mano hacia el carruaje a fin de ayudar a descender del mismo a otra persona. Esta persona apareció y todos los presentes se inclinaron. Este último soldado ayudó a descender al mismísimo emperador de China Liu Bang. Fundador de la dinastía Han. Tomándolo del brazo, se acercaron a Ernest y sin decir palabra, se metieron en el taller. Ernest pudo reconocer al acompañante del Emperador. Era el mismo que lo había visitado hacía unos meses. Era el General Zhang Qian. Mano derecha del Emperador.
(La pucha!, se está poniendo buena la historia. Metete mañana y enterate como sigue...)
miércoles, 27 de mayo de 2009
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